La Mujer Forzuda

En los rincones olvidados del circo Misteria, allí donde las luces llegan débiles y la música se desvanece lentamente, acudía cada día Petronila para estar en soledad y desvanecerse con la penumbra. El circo era su hogar. Allí era feliz, rodeada de compañeros que nunca la hicieron sentir diferente y donde se sentía respetada. Su enorme tamaño y sus pasos pesados hacían difícil la tarea de esconderse. Oculta en aquel apartado rincón, se sentía en paz, lejos de las miradas de todos. En esa valiosa soledad, solo permitía la compañía de Flor, un pequeño colibrí que siempre estaba a su lado y que cuidaba con mimo. Flor le aportaba la compañía necesaria cuando finalizaba su actuación en el circo.




Desde que nació, Petronila fue siempre el centro de las miradas de todos porque era una niña diferente. Petronila poseía una fuerza descomunal. A los pocos días de su llegada al mundo, ya pesaba 15 kilos. Nació en una pequeña aldea al sur de Aragón, en el seno de una familia de humildes campesinos. Sus padres, al descubrir la extraordinaria fuerza que la niña poseía, la pusieron enseguida a trabajar en el campo, tirando ella sola de un pesado arado con el que abría surcos en la tierra para la siembra. La fuerza y el tamaño de Petronila iban en aumento. A los ocho años, rompió una baraja de cartas por la mitad con un simple gesto. Pero fue a los doce años cuando protagonizó su hazaña más asombrosa: subió y colocó ella sola una campana de ochocientos kilos en la torre del campanario. Todos la miraron con asombro y admiración, pero también con temor, como si hubiesen presenciado algo fuera de la comprensión humana. A partir de entonces, muchos comenzaron a excluirla y a tratarla con desprecio, comparándola con un monstruo.

Cumplió quince años, ya superaba los dos metros de estatura y pesaba 120 kilos. Los vecinos, movidos por el miedo y la superstición, la señalaban con el dedo a su paso y le atribuían características malignas que traerían desgracias a la aldea. La joven desprendía una extraña mezcla de fuerza y timidez que la convirtió en una persona enigmática y solitaria. Nunca consiguió hacer amigos y nadie venía a visitarla a casa. Cuando acudía a la aldea a hacer algún recado, sentía los murmullos y los insultos a su paso, lo que acentuaba aún más su timidez y la llevaba a aislarse y encerrarse en casa. Las burlas y las mofas que soportaba diariamente se convirtieron en la única carga para la que Petronila no tenía fuerzas. Pero había un momento del día en el que Petronila se sentía completamente feliz. Al término de su trabajo en el campo, antes de que se pusiera el sol, acudía al granero donde guardaba con recelo un pequeño secreto.

Allí, oculta en un rincón, Petronila guardaba lo que ella consideraba su tesoro: una pequeña maceta de cerámica de la que brotaba una flor. La joven la regaba y sacaba al sol todos los días. La flor hizo que Petronila aprendiera a controlar su poderosa fuerza. Los tiernos cuidados que le daba a esa delicada flor hicieron que aflorara en ella su lado más desconocido por todos y por ella misma. Petronila descubrió que, además de tener una fuerza impropia para su edad, también poseía delicadeza, ternura y fragilidad. Todo el mundo la vio caminar por la aldea llevando la flor con ella. Como cada día, Petronila volvía a casa caminando por el borde del río. Llevaba en sus manos, con delicado cuidado, la pequeña maceta con la flor. De pronto, salieron de un camino varios jóvenes de la aldea. Se fijó en los ojos de los chicos y pudo ver la maldad en ellos. Los muchachos la siguieron y Petronila aceleró su paso, nerviosa. De repente, y como salido de la nada, apareció delante de ella uno de ellos, cortándole el paso y haciéndola parar en seco.



Asustada, sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Uno de los muchachos se acercó a ella con una sonrisa maliciosa y, muy rápidamente, a la velocidad de un rayo, le arrebató la flor, arrancándola de la maceta. Del sobresalto, la maceta se le resbaló de las manos y cayó al suelo haciéndose añicos. El muchacho la apretaba con tal fuerza que el tallo se rompió y varios pétalos cayeron al suelo. Petronila se arrodilló e intentó salvar la flor, pero ya era demasiado tarde. Sus ojos, empañados por las lágrimas, se encontraron con los del joven que reía a carcajadas con sus amigos. Poco a poco, la rabia se apoderó de ella, y sus ojos comenzaron a reflejar una ira que nunca antes había sentido. Sin pensarlo, Petronila agarró al joven por los hombros. Con una fuerza que nadie habría imaginado en ella, lo levantó del suelo varios palmos hasta subirlo a la altura de sus ojos. El rostro de Petronila se congeló en una mueca dura y agresiva. La risa del muchacho poco a poco se transformó en una mirada de dolor cuando sintió sus huesos crujir. Petronila, impulsada por la desesperación y la rabia, lanzó al joven con tal fuerza que desde la plaza de la aldea pudo verse volar al joven cientos de metros hasta perderlo de vista, aterrizando con un gran estrépito. 

La aldea quedó en silencio por un instante, solo interrumpido por la respiración agitada de Petronila. Se inclinó para recoger del suelo los restos esparcidos de la flor muerta. Una sombra de tristeza se reflejó en su mirada y fue en ese instante cuando se dio cuenta de que debía irse de aquel lugar donde nunca sería aceptada. Cuando se incorporó, una intensa niebla empezó a producirse a su alrededor. Se fue espesando tan rápido que todo desapareció a su alrededor. Anduvo unos cuantos pasos indecisos, perdiendo el sentido de la orientación. Los gritos de los vecinos insultándola se iban desvaneciendo poco a poco. De repente, sintió una atracción y comenzó a caminar con pasos decididos a través de la espesura de la niebla. La niebla se disipó lentamente. Se encontraba en un lugar desconocido, rodeada de una arboleda espesa. Confusa, siguió caminando hasta que consiguió traspasar ese bosque. Ahora estaba en un inmenso espacio vacío, un páramo desierto, en medio de la nada. 

Se encontraba sola y completamente perdida en un mundo desconocido cuando apareció frente a ella la carpa de un circo que se alzaba majestuosamente. Era de forma redondeada y la lona que la cubría intercalaba los colores blanco y rojo, con su mástil central apuntando al cielo. Como si estuviera hipnotizada, Petronila caminó hacia la entrada del circo, de la que colgaba una cortina roja. Se detuvo delante de la entrada y observó el cartel que había justo encima de ella, rodeado de pequeñas bombillas que titilaban en la penumbra: “BIENVENIDOS AL CIRCO MISTERIA”. Desde el interior del circo escapaba el sonido de la música de orquesta. De pronto, la cortina de la entrada se abrió lentamente, invitándola a entrar. Petronila sintió que aquel extraño y enigmático circo iba a ser su nuevo hogar. Con paso decidido, cruzó el umbral de Misteria, y tras ella, todo volvía a sumergirse de nuevo en la espesa niebla.

TEXTO E ILUSTRACIÓN: © Jesús Román





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