En los rincones olvidados del circo Misteria, allí donde las luces llegan débiles y la música se desvanece lentamente, acudía cada día Petronila para estar en soledad y desvanecerse con la penumbra. El circo era su hogar. Allí era feliz, rodeada de compañeros que nunca la hicieron sentir diferente y donde se sentía respetada. Su enorme tamaño y sus pasos pesados hacían difícil la tarea de esconderse. Oculta en aquel apartado rincón, se sentía en paz, lejos de las miradas de todos. En esa valiosa soledad, solo permitía la compañía de Flor, un pequeño colibrí que siempre estaba a su lado y que cuidaba con mimo. Flor le aportaba la compañía necesaria cuando finalizaba su actuación en el circo.
Allí, oculta en un rincón, Petronila guardaba lo que ella consideraba su tesoro: una pequeña maceta de cerámica de la que brotaba una flor. La joven la regaba y sacaba al sol todos los días. La flor hizo que Petronila aprendiera a controlar su poderosa fuerza. Los tiernos cuidados que le daba a esa delicada flor hicieron que aflorara en ella su lado más desconocido por todos y por ella misma. Petronila descubrió que, además de tener una fuerza impropia para su edad, también poseía delicadeza, ternura y fragilidad. Todo el mundo la vio caminar por la aldea llevando la flor con ella. Como cada día, Petronila volvía a casa caminando por el borde del río. Llevaba en sus manos, con delicado cuidado, la pequeña maceta con la flor. De pronto, salieron de un camino varios jóvenes de la aldea. Se fijó en los ojos de los chicos y pudo ver la maldad en ellos. Los muchachos la siguieron y Petronila aceleró su paso, nerviosa. De repente, y como salido de la nada, apareció delante de ella uno de ellos, cortándole el paso y haciéndola parar en seco.
La aldea quedó en silencio por un instante, solo interrumpido por la respiración agitada de Petronila. Se inclinó para recoger del suelo los restos esparcidos de la flor muerta. Una sombra de tristeza se reflejó en su mirada y fue en ese instante cuando se dio cuenta de que debía irse de aquel lugar donde nunca sería aceptada. Cuando se incorporó, una intensa niebla empezó a producirse a su alrededor. Se fue espesando tan rápido que todo desapareció a su alrededor. Anduvo unos cuantos pasos indecisos, perdiendo el sentido de la orientación. Los gritos de los vecinos insultándola se iban desvaneciendo poco a poco. De repente, sintió una atracción y comenzó a caminar con pasos decididos a través de la espesura de la niebla. La niebla se disipó lentamente. Se encontraba en un lugar desconocido, rodeada de una arboleda espesa. Confusa, siguió caminando hasta que consiguió traspasar ese bosque. Ahora estaba en un inmenso espacio vacío, un páramo desierto, en medio de la nada.
Se encontraba sola y completamente perdida en un mundo desconocido cuando apareció frente a ella la carpa de un circo que se alzaba majestuosamente. Era de forma redondeada y la lona que la cubría intercalaba los colores blanco y rojo, con su mástil central apuntando al cielo. Como si estuviera hipnotizada, Petronila caminó hacia la entrada del circo, de la que colgaba una cortina roja. Se detuvo delante de la entrada y observó el cartel que había justo encima de ella, rodeado de pequeñas bombillas que titilaban en la penumbra: “BIENVENIDOS AL CIRCO MISTERIA”. Desde el interior del circo escapaba el sonido de la música de orquesta. De pronto, la cortina de la entrada se abrió lentamente, invitándola a entrar. Petronila sintió que aquel extraño y enigmático circo iba a ser su nuevo hogar. Con paso decidido, cruzó el umbral de Misteria, y tras ella, todo volvía a sumergirse de nuevo en la espesa niebla.
TEXTO E ILUSTRACIÓN: © Jesús Román

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